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¿Cuáles son los efectos psíquicos del confinamiento?

El confinamiento ha significado para todos perder las certezas de los propios ritmos, el miedo al otro, al contagio, y nos ha obligado a quedarnos en casa.

8 min de lectura

Doctora Eliana Violetti

  • Psicóloga
  • Psicoterapeuta
  • Psicoterapia cognitivo-conductual
  • Functional Coach

Investigaciones científicas han constatado que, en el periodo de confinamiento, alrededor del 20% de la población adulta ha desarrollado problemas psicológicos y predominantemente

depresión, ansiedad, trastornos del sueño y síntomas del trastorno por estrés postraumático.

Hemos estado encerrados en casa de un día para otro, entre teletrabajo, hijos pequeños que cuidar, preocupación por los padres y familiares a menudo lejanos, incertidumbres laborales, la pausa de las actividades deportivas y recreativas, de las propias relaciones afectivas, privaciones sociales, salidas con amigos e información no siempre lineal.

Todo esto ha generado, sobre todo en los sujetos más frágiles, un estado de hiperalerta con la consiguiente pérdida de las propias capacidades de gestionar eventos estresantes.

La medida del confinamiento, ya sea parcial como la que estamos viviendo hoy, ya sea total como la vivida en marzo, ha evocado sentimientos de alarma, tristeza, preocupación, soledad, que representan reacciones fisiológicas específicas y que sin embargo pueden transformarse en verdaderos trastornos psíquicos.

El confinamiento ha significado para todos perder las certezas de los propios ritmos cotidianos (desde los familiares a los profesionales, desde los deportivos a los espirituales), el miedo al otro, al contagio, a la muerte, cambiando notablemente nuestros hábitos al estar obligados a quedarnos en casa.

Hemos perdido nuestra organización cotidiana, es decir, esos hábitos que nos ocupan toda la jornada, ya sea ir al trabajo, hacer la compra, llevar a los niños al colegio, ir al gimnasio, cultivar las propias pasiones. Se desemboca en el aburrimiento, en no saber ya qué hacer durante la jornada, y entonces para ocupar el tiempo se emplea para cocinar, experimentar y comer.

¿Por qué comer?

"Comer" puede relajar, calmar, dar una sensación de bienestar instantáneo, nos ayuda a aliviar emociones negativas pero también a prolongar las positivas, porque comer nos hace sentir bien y no queremos que esa sensación desaparezca.

Por tanto, la comida se convierte en una fuente de placer inmediato, una huida momentánea de la realidad angustiosa. Cuando hablamos de comida en estos casos hablamos de los "comfort food", es decir, alimentos que nos ayudan a afrontar y gestionar las situaciones difíciles.

Sucede, así, que se come sin estar realmente hambrientos.

Imaginemos este comportamiento repetido en el tiempo y varias veces al día.

¿Qué ocurre si comemos sin hambre? ¡Engordamos!

La mayoría de las personas que tienen problemas de exceso de peso corporal comen sin tener hambre.

La comida está siempre en el centro de nuestras atenciones: comemos por hambre, comemos en las fiestas, celebramos con la comida nuestros cumpleaños, ofrecemos comida a nuestros invitados, comemos cuando estamos felices, tristes, nerviosos, estresados.

Está claro que asociamos a la comida eventos sociales y emocionales que nada tienen que ver con el hambre.

No hay mejor solución que la comida cuando queremos "compensar" emociones negativas.

Este comportamiento se define como "emotional eating" (comer emocional) y es un comportamiento alimentario en el que la comida se utiliza con el fin de hacernos sentir mejor: comer para llenar "vacíos" emocionales, más que para llenar el estómago.

A menudo ocurre sin nuestra consciencia y de manera automática.

Lamentablemente "el emotional eating" no resuelve nuestros problemas emocionales, al contrario, suele empeorarlos.

No solo permanece la emoción negativa sino que, a esta, se suma el sentimiento de culpa por haber comido "demasiado" o por haber comido cosas no necesarias o incluso dañinas.

Aprender a reconocer la emoción que desencadena el comportamiento de emotional eating es el primer paso para gestionar esta dependencia de la comida y cambiar los hábitos que han saboteado nuestras dietas en el pasado.

Que quede claro: utilizar la comida, esporádicamente, para sentirnos mejor, no es en sí mismo algo malo. Cuando, sin embargo, ocurre a menudo y cada vez que se está enfadado, cansado, decepcionado el primer impulso es abrir el frigorífico, entonces es necesario comprender las razones de este comportamiento y ponerle remedio.

En otras palabras, se come cuando la emoción negativa no está "etiquetada".

Frente a este segundo confinamiento, ¿cómo podemos no recaer en el vórtice del comer emocional?

La sola dieta no basta porque si no conseguimos comprender lo que desencadena el hambre emocional recaemos en los mismos errores, ya sea un confinamiento o una situación estresante.

Los profesionales de la dieta rara vez explican cómo sustituir la comida por otras actividades agradables capaces de confortarnos, ni mucho menos cómo afrontar el hambre emocional; sin estos elementos perder peso y mantenerlo en el tiempo se vuelve bastante difícil.

Mi rol como psicóloga dentro del recorrido EasyNature es el de ofrecer ayuda y apoyo a la dieta; me sirvo de herramientas que ayudan a gestionar comportamientos alimentarios problemáticos.

Por tanto, para afrontar este segundo confinamiento, aunque sea parcial, será necesario utilizar las técnicas de las "estrategias para afrontar el hambre emocional":

  • Distinguir el hambre física de la emocional prestando atención a las señales del hambre que provienen de nuestro estómago; come solo si y cuando tienes hambre.
  • Predisponer la casa y el entorno de trabajo a la dieta, eliminando los "comfort food" que hacen perder el control, y reemplazarlos por alternativas más saludables.
  • Comer estando sentados, lentamente, en una situación de tranquilidad y con consciencia de cada bocado, evitando distracciones.
  • Reconocer las propias emociones negativas, de quién o qué han nacido, porque son las que nos llevan a comer más.
  • Aprender a gestionar la alimentación emocional encontrando estrategias alternativas a la comida, es decir, otras formas de satisfacer las emociones.

"No se puede aprender a nadar mientras te estás ahogando: hay que ser ya buenos nadadores para afrontar las altísimas olas de las emociones."

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